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LA MUCHEDUMBRE DE LOS ELEGIDOS

Por tanto, ¡que no se desesperen los cristianos! Lo que han de hacer es cobrar nuevas energías, como señala una nueva visión alentadora (c. 7). 

Se borran y se alejan aquellos cuadros de desgracias, de cataclismos y de persecuciones. Juan ve a unos ángeles que frenan los vientos de desdicha que soplan sobre el mundo, y ve a otro que tiene en su mano el sello del Dios vivo para marcar con él a sus fieles, del mismo modo que más adelante habrá otros que se dejarán marcar la frente o la mano con el signo de la fiera diabólica (19, 20). 

Los elegidos de Dios. Primero los de Israel. Dios quiso esta prioridad. Son 144.000: el cuadrado de 12, cifra del pueblo de Israel multiplicado por 1.000, número de una muchedumbre imposible de contar. Pertenecen a todas las tribus de ese pueblo. 

A ellos se añade la turba inmensa de elegidos del final de los tiempos. Una muchedumbre imposible de contar, de todos los pueblos, de todas las naciones, de todas las culturas. Volveremos a encontrar esta visión al final del Apocalipsis (21, 3-4); pero está ya presente ahora para anunciar la victoria final, pues los cristianos necesitan cobrar ánimos y este libro está escrito con esta intención. 

Y de nuevo asistimos a una solemne liturgia celestial. Si el Apocalipsis es un libro de sangre y fuego, también está empapado de oración; y la acción de gracias brota por todas partes. Los elegidos tienen palmas en sus manos y van vestidos de blanco, color de triunfo. Han lavado en la sangre del cordero sus vestidos de antes de la conversión, de la época de su oposición a Dios y el cordero, que se había hecho su compañero de vida y que compartió su destino, es ahora definitivamente su pastor (7, 17). Con él ha llegado un mundo totalmente nuevo: "Dios enjugará las lágrimas de los ojos de sus elegidos"; esto quiere decir que la dicha será perfecta.