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ALGUNAS PAUTAS DE LECTURA PARA EL APOCALIPSIS

La lectura del Apocalipsis desconcierta muchas veces al creyente en vez de iluminarlo. Muchos movimientos religiosos se han apoderado de este libro y con sus maneras tendenciosas de interpretarlo han sembrado la confusión. En los edificios religiosos y los museos, hay pinturas, esculturas, mosaicos y tapices con temas inspirados en el Apocalipsis, que la mayor parte de las veces siguen siendo indescifrables para los no iniciados. 

El sentido general del Apocalipsis es claro, pero muchos detalles siguen siendo difíciles de interpretar. Para describir sus visiones, el autor traza unos grandes cuadros, agrupados en número de siete, pero que se entrecruzan unos con otros y se ramifican. Es algo así como si del brazo séptimo de un candelabro de siete brazos surgiera un nuevo candelabro, de cuyo brazo séptimo volviera a salir otro, y así sucesivamente. Además, hay algunos intervalos que vienen a insertarse entre los diversos cuadros, rompiendo el ritmo del desarrollo de la acción y complicando más aún la lectura. 

Estos cuadros ofrecen al lector un desfile de imágenes frecuentemente fantásticas, pero que gracias a todo lo que sugieren dicen mucho más que las palabras abstractas. Esas imágenes y esas composiciones grandiosas no deben tomarse al pie de la letra. Son simbólicas y el lector tiene que interesarse por lo que sugieren. El vidente no describe unos sucesos concretos que pudieran situarse en un manual de historia; y los que quieren encontrar en el Apocalipsis las etapas de una historia universal o el secreto del fin del mundo caminan por una falsa pista que conduce a un callejón sin salida. No; el Apocalipsis no es una historia universal en enigmas y no oculta ningún secreto sobre el fin del mundo que pueda arrancársele por medio de cálculos aritméticos. El drama se representa en otro plano, en el plano espiritual. Las fuerzas del mal, capitaneadas por Satanás, se ocultan tras los personajes que se mueven en el escenario de este mundo. 

 En su conjunto, las imágenes del Apocalipsis se dejan descifrar; algunas sin embargo se resisten a nuestro análisis, a pesar de que resultaban transparentes a los lectores cristianos de finales del siglo I. Pero esto no impide que podamos hacer una lectura provechosa del mismo. Por otra parte, las escenas y las imágenes van desfilando en una cascada inagotable y con su acumulación intentan incluso provocar en el lector una emoción, una especie de asombro para que se remueva profundamente su interior para que contemple la marcha del mundo bajo una nueva perspectiva y para que de este modo cambie también su propia vida. Así, el lector, en vez de ponerse a remar contra corriente, debe procurar más bien dejarse arrastrar por ella.