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EL JINETE DEL CABALLO BLANCO CON EL MANTO ENROJECIDO DE SU SANGRE

Frente a las fuerzas del mal, Juan ve a las fuerzas celestiales, a la muchedumbre de creyentes agrupados en torno al cordero (14, 1-13). Los ve en gran número, utilizando de nuevo la cifra simbólica de 144.000. E incluso todos ésos no son más que las primicias, es decir los primeros que dieron su testimonio, algunos hasta sufrir el martirio. Anuncian a los otros muchos que les seguirán. Son "vírgenes" nos dice el vidente (14,4), es decir han renunciado a la idolatría, al culto del César que sería como una prostitución, una infidelidad a Cristo. Estos pueden descansar ya de sus luchas, ya que sus obras los acompañan (14, 13). Todo amor verdadero tendrá su recompensa, aunque no hayan amado precisamente por alcanzar la recompensa. 

Han sido "acumulados en los graneros del cielo", "reservados en sus bodegas". Juan, en su visión, ha asistido a la siega ya la vendimia de la tierra, imágenes que aparecen también en los evangelios. El ángel que personifica las órdenes de Dios ordena que se afilen las hoces para cortar las espigas y los racimos. Los fieles mártires son prensados en el lagar; su sangre se ha convertido en el vino de la cólera de Dios (14, 14-20).

La visión de Juan se transforma. El cordero se ha convertido en un jinete que monta un soberbio caballo blanco, símbolo de victoria, y que se opone por tanto a las fieras monstruosas y terroríficas. El que lo monta se llama "fiel y leal", en oposición a Satanás, padre de la mentira. En la cabeza lleva numerosas coronas y en su túnica se puede leer: "rey de reyes y señor de señores". Su nombre es también "palabra de Dios", un nombre del que sólo él conoce todo el alcance. Se presenta como un luchador; va revestido de un manto teñido en sangre. Pero, para derrotar a los demás, no ha derramado la sangre ajena, sino la suya propia (19, 11-16). Sabemos cómo Jesús tomó sobre sí el pecado de los hombres ( "fue hecho pecado por nosotros", dice san Pablo en la 2 Cor 5,21), se hizo solidario con los pecadores. Venció el mal, lo destruyó en su propia carne muriendo por nosotros en la cruz. Este jinete real con el manto cubierto de su sangre es el cordero inmolado. El ejército de los creyentes sigue a su jefe; cada uno de ellos monta también en un caballo blanco victorioso (19,14).