Para explicarnos y hacernos más comprensible la misión
de la Iglesia, los libros del Nuevo Testamento usan distintos nombres-símbolo:
la llaman "redil" (Jn l0, 1-10), "labranza de Dios"
(1 Cor 3,9), "edificación de Dios" (1 Cor 3,9), "templo
de Dios" (Apoc 21 ,3) del cual nosotros somos "piedras vivas"
(1 Ped 2,5), "Jerusalén celestial" (Gal 4,26).
Pero, entre todos los nombres-símbolo, el más conocido
y fácil de comprender es el de Cuerpo de Cristo (1 Cor 12, 12-30;
Rom 12 ,4-5). Con este símbolo san Pablo expresa que, lo mismo
que en el cuerpo humano, en la Iglesia hay miembros distintos, cada uno
con su propia funclón, pero todos necesarios. Y todos los miembros,
unidos entre sí, reciben la fuerza vital del más importante,
de la cabeza de este cuerpo, de Cristo.
Porque este cuerpo que es la Iglesia pertenece a Cristo, san Pablo también
la llama "esposa de Cristo" (Ef 5,21-30); lo mismo que la esposa
de su esposo, la Iglesia recibe de Cristo la fuerza espiritual y la transmite
hecha vida a sus hijos, los cristianos, los seguidores de Jesús.
La Iglesia es, a la vez, visible y espiritual. Espiritual porque vive
de la fe y de la gracia de Dios. Visible porque está formada por
personas humanas, que se van sucediendo a lo largo de la historia, y se
estructura en una organización social concreta.
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